PAIGE
El día que enterré a mis papás, con mi hijo recién nacido en brazos y mi hermana adolescente aferrada a mi costado, me hice una promesa: sobrevivir, costara lo que costara.
—Lo siento mucho, señora Wilson, pero tengo las manos atadas. Jaxon mandó a otro niño al hospital y necesita tratamiento. Siguiendo las políticas de la escuela, no tenemos más remedio que expulsarlo definitivamente.
La señorita Bailey, la directora de la escuela de mi hijo, me mira con esa expresión de falsa lástima que ya conozco bien.
—Fue un accidente, es obvio. Jamás lastimaría a nadie a propósito, y mucho menos a su mejor amigo —defiendo a mi hijo, incapaz de creer que puedan echar así a un niño tan pequeño.
—Estoy segura de que no fue su intención lastimarlo tan feo, pero el hecho es que lo hizo. Tengo que pensar en el bienestar de los demás alumnos. Eso significa que ya no podemos tenerlo en esta escuela. Voy a redactar una carta de recomendación para que le busquen lugar en un colegio más apto para manejar su comportamiento —explica ella, acompañando sus palabras con una sonrisa condescendiente.
—¿Entonces se van a rendir con él así sin más? —pregunto, sintiendo cómo miedo y coraje me crecen en el estómago.
—Para nada, solo creemos que…
—Olvídelo. Y ahórrese su carta de recomendación. No queremos nada de ustedes —la interrumpo, poniéndome de pie y saliendo hecha una furia de la oficina.
Mi hijo me espera afuera. Su carita se ilumina en cuanto me ve.
—Vamos a casa, Jax.
Le sonrío, tratando de ocultar lo furiosa que estoy, y le extiendo la mano. Jaxon desliza su manita en la mía y se voltea para despedirse inocentemente de la directora mientras caminamos hacia mi auto.
—Perdón, mami —murmura él cuando ya estamos adentro.
Apoyo la frente contra el volante del auto, respiro hondo varias veces y trato de tragarme las lágrimas.
Jax apenas tiene seis años; no debería verme llorar. Es un niño dulce, muy cariñoso y listo, pero últimamente tiene una fuerza excesiva que parece no poder controlar. Me parte el alma verlo batallando así.
—No pasa nada, mi amor, todo va a estar bien —lo tranquilizo, forzando una sonrisa antes de mirarlo por el espejo retrovisor.
—Mañana le pido perdón a Robbie. Te lo prometo.
Me mira con esos enormes ojos azules que se ven tan inofensivos. ¿Cómo le digo que la escuela lo expulsó? ¿Cómo le explico que no puede volver con sus amigos o que tendremos suerte si los papás de Robbie no llaman a la policía?
—Yo creo que lo mejor será que descanses un tiempo, pero tal vez podrías hacerle un dibujo bonito a Robbie y se lo llevamos a su casa el fin de semana. ¿Qué te parece? —le propongo mientras enciendo el motor y me alejo de la escuela.
—¡Sí! Le voy a dibujar un robot gigante con ojos láser. ¡A Robbie le encantan los robots! —grita emocionado, y se pasa el resto del camino a casa actuando como si fuera uno.
Me estaciono frente a la casa y veo el auto de Greg en la entrada. Debe haber salido temprano del trabajo. La idea de decirle que expulsaron a Jaxon me angustia.
Llevamos dos años de casados y, la mayor parte del tiempo, es un buen padrastro para Jax, pero a veces puede ser muy duro con él y eso me mata.
He tratado de hablarlo, pero dice que solo quiere asegurarse de que Jaxon no termine como su padre. Yo creo que, en el fondo, le tiene cierto resentimiento a mi hijo.
—¿Podemos cenar pizza, mami? Es la favorita de Greg —dice Jax mientras entramos.
Me detengo en la entrada y aguzo el oído. Se escucha la regadera en el piso de arriba.
—Suena bien —asiento—. ¿Por qué no subes a tu cuarto y le haces ese dibujo a Robbie? Yo te aviso cuando esté la cena.
Jaxon sube corriendo, emocionado. Voy a la cocina, saco una pizza del congelador y la meto al horno. Cuando pongo el temporizador, mi celular suena con un mensaje de texto.
Es del líder del grupo de exploradores de Jaxon. Me informa que ya no puede asistir al grupo por el incidente de hoy en la escuela y las quejas de otros padres. Vaya que los rumores vuelan en este pueblo.
¿Cómo puede todo un pueblo ponerse en contra de un niño de seis años tan fácilmente? Sí, estuvo mal que empujara a su amigo cuando le quiso quitar el juguete, pero no podía saber que Robbie se iba a pegar en la cabeza y a necesitar puntadas. Los niños de su edad se empujan todo el tiempo. Jax solo es muy fuerte para su edad, eso no lo hace un niño malo.
—Voy a salir —dice Greg, pasando por la cocina sin siquiera saludarme con un beso como acostumbra. Noto que cada vez está más indiferente.
—¿A dónde vas? Estoy haciendo pizza y quería que platicáramos antes de cenar —le digo, siguiéndolo con la mirada.
—Quedé con unos amigos. Como algo por allá. No me esperes despierta —responde mientras abre la puerta principal.
—Espera, Greg, en serio necesito hablar contigo sobre…
—Expulsaron a Jaxon —me corta de tajo—. Ya sé, y no me sorprende. Te dije que iba a salir igual que su padre.
La puerta se cierra tras mi marido antes de que pueda responder. ¿Cómo se enteró? ¿Lo llamaron de la escuela?
No entiendo su odio hacia Ryder. Nunca lo conoció, solo sabe lo que le ha contado la gente. Es cierto que Ryder no era un santo, pero tampoco era el monstruo que Greg se imagina.
Ryder creció en el sistema de acogida. Su familia temporal no era la mejor para él y sufrió un acoso horrible en la escuela. Cuando entró a la universidad, estaba siempre a la defensiva y se peleaba seguido con nuestros compañeros, pero conmigo era un amor.
Aunque siempre mostró interés, nunca me presionó para tener sexo, así que, en la víspera de su cumpleaños número dieciocho, decidí que era el momento. Nuestros cumpleaños eran con solo dos días de diferencia, pero le encantaba molestarme, bromeaba diciéndome asaltacunas porque era dos días mayor que él.
Al día siguiente de nuestro encuentro torpe en una casa de campaña, desperté sola. Había desaparecido. Su teléfono estaba desconectado y no volvió a la universidad. Fui a su casa muchas veces, pero nadie abrió nunca la puerta.
Cuando me enteré de que estaba embarazada, seis semanas después, hice todo lo que pude para encontrarlo.
Al final, una vecina se apiadó de mí y me contó que la familia había empacado y se había mudado. Me costó casi dos años aceptarlo, porque mi Ryder no me haría eso. Estábamos enamorados, él no me dejaría así nada más, a mitad de la noche y sin decir una palabra.
Después de cenar, cuando Jax ya está dormido y Greg todavía no regresa, subo a bañarme. Mientras me desvisto y echo la ropa sucia al cesto, algo me llama la atención al iluminarse. Es el celular del trabajo de Greg, asomando del bolsillo de su pantalón.
Qué suerte que lo vi antes de meter la ropa a la lavadora. Lo pongo sobre el lavabo y me meto a la regadera, tratando de quitarme el estrés del día con el agua caliente. Mañana tendré que buscarle escuela a Jax, pero esta noche necesito relajarme con un buen libro y un té de manzanilla.
Escucho el celular de Greg vibrando por encima del ruido del agua y me empieza a molestar. ¿Quién molesta tanto fuera del horario de trabajo? Trabaja en una tienda de deportes, nadie debería necesitarlo tan tarde.
Resoplo cuando el celular vuelve a vibrar incesantemente. Cierro la llave con la intención de apagarlo, pero cuando veo los mensajes en la pantalla, siento que el suelo desaparece bajo mis pies.
Alguien llamada Leanne ha mandado varios mensajes y, aunque solo puedo leer la primera línea de cada uno, el contexto es obvio.
“Te extraño”.
“¿Ya le dijiste?”
“Gracias por lo de hoy. Te amo muchísimo”.
Suelto el celular, incapaz de leer más. Mi esposo me está engañando.
Se me escapa un sollozo y siento que mi mundo entero se derrumba. Sé que las cosas no han estado perfectas últimamente, pero ¿cómo pudo hacerme esto? ¿Por qué no soy suficiente para él? ¿Por qué la gente que amo siempre me abandona?
Me envuelvo en una toalla y corro a la recámara para llamar a la única persona en la que puedo confiar: mi hermana Poppy. Hace poco se mudó para ir a la universidad; está estudiando para ser veterinaria y no podría estar más orgullosa de ella.
Poppy contesta al primer timbrazo y me escucha mientras me desahogo. Le cuento lo de la escuela de Jaxon, el mensaje de los exploradores y lo que acaba de hacer Greg.
—Paige, tienes que salir de ese pueblo ya. Hay una casita en renta no muy lejos de mi universidad. Fui a verla hoy, pero la ruta del camión es pésima y me queda muy lejos para ir diario a la uni sin auto. Es un lugar lindo, tiene dos recámaras y está amueblada. El pueblo se sentía muy hogareño. Empaca tus cosas y ven a empezar de cero acá conmigo, al otro lado del país. Ya no tienes nada que hacer allá —me dice Poppy con firmeza.
—Pero ¿y si…?
—Ese tipo no vale la pena, Paige. No le des una segunda oportunidad —me interrumpe.
Se me llenan los ojos de lágrimas. Tiene razón. Ya no me queda nada aquí. Poppy se mudó, mis papás fallecieron, Jaxon no tiene escuela, Greg me está dejando por otra mujer y ya acepté que Ryder no va a volver por mí. ¿Para qué quedarme en un lugar que tiene más recuerdos malos que buenos?
Mudarme no sería tan difícil. Mi trabajo como editora me permite trabajar desde donde sea y, sin escuela para Jaxon, realmente no hay razón para quedarme. Poppy tiene razón. Un nuevo comienzo en un lugar nuevo es justo lo que necesitamos.
—Está bien, Pops. Mándame los datos de la casa.