PAIGEEl día que enterré a mis papás, con mi hijo recién nacido en brazos y mi hermana adolescente aferrada a mi costado, me hice una promesa: sobrevivir, costara lo que costara.—Lo siento mucho, señora Wilson, pero tengo las manos atadas. Jaxon mandó a otro niño al hospital y necesita tratamiento. Siguiendo las políticas de la escuela, no tenemos más remedio que expulsarlo definitivamente.La señorita Bailey, la directora de la escuela de mi hijo, me mira con esa expresión de falsa lástima que ya conozco bien.—Fue un accidente, es obvio. Jamás lastimaría a nadie a propósito, y mucho menos a su mejor amigo —defiendo a mi hijo, incapaz de creer que puedan echar así a un niño tan pequeño.—Estoy segura de que no fue su intención lastimarlo tan feo, pero el hecho es que lo hizo. Tengo que pensar en el bienestar de los demás alumnos. Eso significa que ya no podemos tenerlo en esta escuela. Voy a redactar una carta de recomendación para que le busquen lugar en un colegio más apto para man
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