Daniel empujó la puerta con firmeza. La madera, desgastada por los años y la humedad, protestó de inmediato con un chirrido agudo y desagradable que rompió la quietud de la estructura.
Ambos entraron al recinto, dejando atrás la hostilidad del bosque. El interior de la cabaña estaba prácticamente vacío, desprovisto de cualquier rastro de habitabilidad reciente. Solo había acumulaciones de polvo, fragmentos de madera vieja esparcidos por el suelo y una alfombra raída y desgastada que descansaba