Daniel observó la hora en la pantalla de su teléfono. El minutero avanzaba implacable y Victoria ya debería haber llegado al departamento hacía rato. Frunció ligeramente el ceño, sintiendo una punzada de extrañeza. No era raro que saliera por las tardes a dar una vuelta con su prima; lo verdaderamente raro era que no hubiera regresado todavía, considerando lo estricto que era el circuito de seguridad que la rodeaba.
Sin perder más tiempo, marcó su número directo. La llamada sonó una vez. Dos.