El hospital privado de Valemont estaba extrañamente silencioso a aquella hora de la madrugada. Demasiado blanco. Demasiado frío. El olor a antiséptico y la luz fluorescente creaban una atmósfera estéril que no lograba calmar la agitación de la noche. Victoria permanecía sentada sobre una de las camillas mecánicas mientras una enfermera, con movimientos monótonos, terminaba de desinfectar y limpiar los pequeños cortes causados por los vidrios rotos que todavía tenía incrustados en el brazo. A un