La oficina de seguridad permanecía sumida en un silencio tenso, ese tipo de quietud que precede a una tormenta. Daniel Meléndez revisaba documentos con una frialdad distante, recuperando esa máscara de hierro que lo hacía parecer intocable a pesar de su reciente hospitalización. Lex y Julián lo acompañaban, aunque la concentración de ambos era nula; la actitud de Daniel estaba poniendo nervioso incluso a Lex, quien conocía perfectamente los límites de su amigo.
La puerta se abrió sin previo a