El jardín de los Figueroa era el escenario de una ejecución social perfectamente coreografiada. Bajo la luz del mediodía, la mesa lucía impecable y las sonrisas de los invitados parecían salidas de un manual de etiqueta, ocultando las garras que todos estaban listos para usar. Victoria y Daniel tomaron asiento, rodeados de una cordialidad que resultaba asfixiante.
La comida transcurrió en una calma artificial hasta que Ricardo se puso de pie, rompiendo el ritmo de los cubiertos contra la porce