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Cuando Victoria y Mónica cruzaron el umbral de la sala, el ambiente se sentía cargado, como si el aire hubiera sido desplazado por una presencia extraña. Daniel no estaba solo; sentado frente a él, con una elegancia que bordeaba la arrogancia, se encontraba un hombre de facciones afiladas y mirada calculadora.

—Ricardo —pronunció Mónica, y su voz no fue de bienvenida, sino de reconocimiento cauteloso.

—Mónica, qué gusto —respondió Ricardo Figueroa, levantándose con una parsimonia que preten
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