La ciudad se movía afuera con una indiferencia cruel. Los semáforos cambiaban, la gente cruzaba las calles y el flujo del tráfico seguía su curso, como si el apellido Rivera no estuviera desmoronándose bajo el peso de una guerra invisible.
Victoria miraba por la ventana del auto, apoyando la sien contra el cristal frío. El trayecto hacia la residencia era corto, apenas unos minutos, pero se sentían como horas de un juicio silencioso. Había pasado una semana desde el ataque a Arturo. Siete días