MARÍA MURILLO
Estaba caminando por la cuerda floja, sabía que entre más lejos llegáramos, más difícil sería decir adiós, aun así, permití que me recostara sobre la cama y que sus manos recorrieran mis muslos mientras su boca me seducía con suaves besos en el cuello. El calor de su cuerpo relajó el mío y dejé que me desnudara, llenando de besos cada parte de mi piel que descubría.
No pude evitar intentar cubrirme con mis manos, avergonzada porque me viera así. Me sentía cada vez más nerviosa y