Edgar.-
— ¡Ese no era el plan, Edgar! ¡Lo arruinaste! –rugió Damon golpeando la madera de la mesa con la palma de la mano–. Se supone que lo haríamos sufrir.
— Y lo estamos haciendo sufrir ¿no? –dije con calma sosteniendo el vaso.
Damon estaba sudando, su fachada de apostador imperturbable se agrietaba bajo la presión.
— ¿Por qué estás tan alterado? Pensé que la noticia te haría feliz –respondí con voz plana.
— ¡Me arruinaste el chantaje! Quería asfixiar a mi tía poco a poco, iba a obtener