ISABELLE
Condujimos en silencio cuando salimos de la empresa Montero.
El silencio era tan denso que casi se podía palpar.
Andrew agarraba el volante con fuerza, con los nudillos blancos y la mandíbula tan apretada que se le notaban los músculos.
No había dicho ni una palabra desde que salimos de mi trabajo y, al mismo tiempo, yo intentaba calmarme para preguntarle por qué había hecho lo que había hecho.
No podía aguantar más.
—Andrew —dije con voz aguda, rompiendo el silencio—.
¿Por qué apare