—Susan, ¿qué ha hecho? —preguntó Margaret con los ojos desorbitados por la sorpresa—. La señora Jenna necesitaba dejarle un mensaje al señor David —explicó, mientras se acuclillaba y comenzaba a juntar los fragmentos en los que se había convertido el móvil.
—¿Yo? ¿De qué me acusas? Yo no he hecho nada, solo tropecé y… —repuso Susan con fingida inocencia.
«Esa mujerzuela no es más que una molestia», pensó Susan con los dientes apretados, antes de darse media vuelta y dejar a Margaret a solas.
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