«Todo esto para nada», pensó Logan, sintiendo cómo la bilis trepaba por su esófago hasta llegar a su garganta, mientras se llevaba las manos a la cabeza, incapaz de creer aquello.
¡Otra vez, otra maldita vez!
—¡Maldita sea! —gruñó Victor, apretando los puños—. No sé cómo, pero es evidente de que sabían que vendríamos.
Sin pensarlo dos veces, Logan se lanzó hacia la trampilla, dispuesto a seguir el túnel, pero Victor lo detuvo, plantándose en su camino, posando firmemente una mano en el pecho de