Capítulo 37: Mi verdugo

El filo del cuchillo estaba tan cerca de mi piel que sentí un picor insoportable. Mi corazón latía tan rápido que parecía un tambor desbocado: ¡tum, tum, tum, tum!

El tiempo seguía detenido, como si alguien hubiera pausado la vida entera. El mundo era una estatua de silencio y luz fría.

—¿Quién eres? —pregunté, con la voz ahogada por el miedo.

El extraño no contestó de inmediato. Su aliento era gélido, sin rastro de humanidad, y su mano, que apretaba mi hombro, era tan pesada que me dolía.

—Soy
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