—¡Eres mía! —gritó James presa de la ira—. No agradeces nada de lo que hice por ti, pero ahora verás de lo que soy capaz y comprenderás lo bueno que he sido contigo.
Su cuñado abrió las argollas que la mantenían sujeta a la cama y la obligó a levantarse.
Su vientre se había endurecido hasta el punto de resultar doloroso.
«Ahora no, pequeñas, por favor, no es el momento», rogó en su pensamiento.
Todavía no había roto su fuente, pero Kathleen sabía que no iba a tardar mucho.
—No puedo, por favor,