Los tacones de Sara resonaban con impaciencia sobre los inmaculados suelos de mármol mientras avanzaba por el opulento vestíbulo de la mansión de sus padres. Una casa que siempre había creído que era un símbolo de estabilidad y amor, ahora parecía un cascarón frío y vacío.
—Señora Huntington. —gritó María, una de las criadas, vacilante, apretando un guardapolvo contra su pecho como si fuera un salvavidas.
—¿Dónde están mis padres? —preguntó impaciente.
—Tus padres están en el hospital. Tu her