El crujido de la grava bajo los neumáticos anunció su llegada, y la grandeza de la casa de los padres de Sebastian permaneció como un centinela mientras se alejaban.
Ava continuaba con la mirada perdida y no pasó desapercibido para Sebastián.
—Oye. —la voz de Sebastián rompió su ensoñación mientras tocaba su mano suavemente—, has estado callada. ¿Está todo bien?
Ava se volvió hacia él y una tormenta se avecinaba en sus ojos verde mar. —Vi a Alejandro… —confesó, haciendo girar el delicado braz