—Es nuestra hija… —esas palabras resonaron en los oídos de Sara. Lentamente, se puso de pie, cuya expresión estaba retorcida por la ira y el desespero. Con un gesto de furia, lanzó la comida y los utensilios al suelo, su rostro enrojecido por la intensidad de sus emociones.
—¡No puede ser verdad! —gritó Sara, su voz temblorosa de emoción mientras luchaba por contener las lágrimas. —¡No puede ser su hija!
Alejandro se acercó a Sara con cautela, su expresión llena de preocupación mientras intenta