En la penumbra de la bodega abandonada, el aire se sentía pesado, cargado con la humedad y el polvo de años de abandono. Las paredes desconchadas y los techos bajos solo aumentaban la sensación de opresión que envolvía a los tres jóvenes cautivos. Un débil rayo de luz se filtraba a través de una ventana rota en lo alto, apenas iluminando las sombras que los rodeaban.
Bastián, con el rostro pálido y el brazo ensangrentado, se esforzaba por mantenerse erguido. El dolor punzante del disparo en su