Sebastián se encontraba en su oficina, un espacio amplio y bien iluminado, pero que en ese momento se sentía asfixiante, casi opresivo. Los documentos se apilaban sobre su escritorio de caoba, un recordatorio constante del peso de las responsabilidades que cargaba sobre sus hombros.
La presión del trabajo se sumaba a la tensión que le provocaba la situación con Marie, cuyos juegos retorcidos parecían haber enredado cada aspecto de su vida. Suspiró profundamente, sintiendo el cansancio en cada