Sebastián sostenía a su hija recién nacida en sus brazos, con los ojos llenos de lágrimas de alegría. La pequeña se movía suavemente, acurrucada contra su pecho, y él no podía dejar de mirarla con amor y asombro. Cada diminuto dedo, cada pequeño suspiro lo llenaba de una emoción indescriptible.
Una enfermera, con una sonrisa amable, se acercó a él.
—Es una niña hermosa, señor Montenegro —le dijo suavemente, antes de retirarse para darles un momento a solas.
Sebastián acariciaba la cabecita de s