Sebastián despertó con un dolor punzante en la cabeza, como si miles de agujas perforaran su cráneo al unísono. Parpadeó varias veces, tratando de enfocar su visión borrosa, pero al intentar masajear su cabeza, se dio cuenta de que sus manos estaban firmemente atadas. El pánico lo invadió de inmediato, su respiración se aceleró y empezó a tirar de las ataduras con desesperación.
Miró a su alrededor, observando las paredes grises y frías que lo rodeaban. El cuarto estaba vacío, sin ventanas y co