Los delgados dedos de Ava hacían girar una copa de champán, su mirada revoloteaba nerviosamente sobre el mar de invitados. La grandeza de la propiedad de Montenegro pasó desapercibida; cada murmullo y risa de la multitud le erizaba la piel, encendiendo la antropofobia que le carcomía las entrañas.
Evitó a una pareja que se reía, sintiéndose como si estuviera navegando por un campo minado en lugar de celebrar la boda de Alejandro.
—Disculpe, ¿eres Ava? —Una voz rompió el murmullo de la conversa