—No-no, Ke-kevin, lo siento…
Su voz sonó nerviosa y me costó comprender lo que dijo hasta verlo escapar a toda velocidad. Huyó a las escaleras sin decir algo más, me dejó solo y con la excitación a flor de piel. Suspiré, resignado, es que estaba demasiado caliente. Agarré un cojín del sofá y lo metí en mi boca para ahogar un grito de frustración. «¡Me dejó con las ganas a mil, ¿cómo pudo?! Eso me enoja».
Hice berrinche un rato sobre el sofá hasta alcanzar algo de calma, pero en lugar de largar