Capítulo 77. Puerta cerrada.
Gabriel Uzcátegui.
El aire acondicionado me golpeó como una bofetada en la cara cuando entré en la oficina, dejando atrás el abrazo húmedo de la ciudad. Aquí todo son luces fluorescentes, zumbando y el chasquido de los teclados.
De los cubículos asoman cabezas que parecen suricatos y los ojos giran en mi dirección. Supongo que no encajo muy bien con mi traje desaliñado, mis sombras oscuras debajo de los ojos.
—¿Puedo ayudarle?
La recepcionista suena más recelosa que acogedora, mirándome por e