Capítulo 31. La firma de un futuro inesperado.
Gabriel Uzcátegui.
Las llaves tintinean en mi mano como si quisieran soltarse y bailar en la acera. Me las meto en el bolsillo, sintiendo el arrugamiento de los papeles de adopción disfrazados de contratos de compraventa de propiedades. El corazón me late como si tuviera su propia batería, y cada paso que doy hacia la puerta principal está cargado con el peso de lo que estoy a punto de hacer.
—Hola, Emma —, digo con la mayor despreocupación posible una vez dentro, esperando que mi voz no delate