Una cruda confesión.
En cuanto Raúl pone un pie dentro es consciente de cada detalle. La música no se escucha igual, el color de las luces parecen haberse opacado, todo se ha ido con ellas, y se ha tensado por Madison.
Justo antes de cruzar el pasillo, su padre aparece, desviándolo y colocándole una mano en el hombro.
—Hijo, te dejaremos para que hables solo con ella. Está muy mal, por favor, no dejes que se vayan a dormir así.
—Papá… —Raúl coloca una mano sobre la suya y lo aparta, sin ser grosero—. Cómo terminen