La madre de Raúl corre hacia este, sosteniéndolo por los hombros antes de que caiga.
Raúl se arrodilla, incapaz de permanecer de pie. No puede respirar. Sonidos absurdos salen de su boca.
Su cuñada regresa corriendo con el respirador que le mandó a buscar José. Este último también se acerca a su hijo, con el corazón doliéndole, aunque por suerte tiene la fuerza para no quebrarse.
—Respira, Raúl. Respira.
El pelinegro cierra los ojos, sintiendo cómo toda la presión en el cuerpo comienza a desaparecer mientras el oxígeno vuelve. Pero su corazón duele, las lágrimas salen sin poder detenerlas.
Aparta el respirador y se aferra a su madre que ya llora.
—Mamá… Y-Yo… Yo Amo a Beatrice… Amo a mi hija. Ella no lo sabe. No lo sabe. Pero Valentina es mi hija. ¡Ella es mi hija! No puedo perderlas. No puedo, mamá…
El señor José aprieta el puño, encuentra la fuerza. Mira a su esposa. Ambos se miran con confusión porque no entienden qué sucede.
Ambos lo ayudan a levantar y volver a la mansión. Raúl co