—¿A mí? ¿Algo importante? ¿Qué podría ser? —Me encojo de hombros, incapaz de imaginar qué podría querer Evangeline conmigo esta vez.
Sin más discusión, acepté. Fuimos a recogerla a un hotel de carretera. Cuando llegamos, Evangeline se veía pálida, demacrada y visiblemente agotada. En cuanto Ariadna la vio, corrió hacia ella, agarrándola del brazo con preocupación.
—¡Evangeline! ¿Qué pasa? ¿Estás bien? —Ariadna la examina de pies a cabeza, asegurándose de que la joven no esté herida.
—Solo estoy