Jordano Mackenzie
Suspiro al verla salir de la habitación, sintiendo cómo la presión en mi cuerpo amenaza con estallar. Verla en el baño, dándose placer a sí misma, era un desafío imposible de ignorar.
Cuando me desperté, lo primero que hice fue comprarle algo de ropa, porque la noche anterior la había dejado completamente cubierta de vómito. Lo que Ariadna nunca supo fue que pasé toda la noche a su lado, vigilándola mientras dormía.
Estaba tan borracha que cuando llegó a la habitación, se agarró a mi cuello y empezó a besarme con una necesidad desesperada. Juro que quería hacerla mía en ese mismo momento, pero no podía permitir que su primera vez fuera así—tan burda y vacía. Había esperado todo este tiempo, esperando ser amada como merecía, no perder su inocencia ante alguien tan frío y despiadado como yo.
Sin embargo, verla en el baño, deslizando el jabón por su cuerpo mientras jadeaba de éxtasis por sus propias caricias, desató una locura dentro de mí. Ahora, todo lo que quiero es