Yo nunca creí en fantasmas, pero al ver aquella cara blanquecina por un momento creí que si existían. Sin embargo, cuando mis ojos y la sorpresa pasaron a ser parte del segundo plano pude entender que se trataba de Austin. El pelinegro se acercó a mí con expresión se sorpresa.
—¿Qué sucede? ¿Por qué gritas? — Le di un golpe en el brazo y luego me cubrí el rostro debido a la vergüenza.
—Santo cielo, creí que era un fantasma.
—¿Crees en esas cosas? — Parecía divertido, no parecía burlarse de mí.