No dejé que me molestara. Seguí con mis deberes, evitando la tienda del Alfa, como de costumbre, esperando a que se fuera a entrenar para colarme y limpiar. La señora Teresa me vio cojear, pero nunca me preguntó qué me pasaba. Podía cojear hasta el infierno y arder hasta las cenizas. No era de su incumbencia mientras no supiera que la causa fue la polla del Alfa.
Normalmente, desechaba el agua del recipiente de baño de la señora Teresa y lo rellenaba con agua del pozo; también llenaba un