CAPÍTULO 25
Jaxson
El sótano de la finca siempre olía a lo mismo: humedad, cemento viejo y el aroma ferroso de la sangre que se negaba a abandonar las grietas del suelo. Me limpié los nudillos con un trapo blanco que ahora estaba arruinado, mirando al hombre que colgaba de la silla.
Había pasado casi una hora. Le había roto tres costillas, le había arrancado la dignidad y parte de su piel, pero el tipo era un profesional. O quizá, simplemente, tenía más miedo a lo que su jefe le haría si habla