Karen sabe que debe cuidar su trabajo por el bien de su padre y de ella misma, pero no está dispuesta a dejarse humillar o maltratar por ninguna persona. Con furia salió de la oficina de Gabriel y se encerró en la de ella.
Llegó con las piernas hecha gelatina y se acomodó en su escritorio revisando las carpetas. Y su corazón se llenó de desconsuelo al ver tanta maldad. Ahora el problema era saber quién la estaba saboteando y cómo evitar esos ataques.
—Todo el trabajo lo destruyeron— suspiró.
Es