Vanessa bajó del auto casi al mismo tiempo que Alexandro. Apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que él avanzara con paso decidido hacia la gran mansión Montenegro.
—¡Alex, espera! —lo llamó, corriendo tras él.
Él se detuvo, su espalda rígida y los puños cerrados. Giró solo lo suficiente para mirarla con el ceño fruncido.
—Vanessa, no intentes detenerme.
—No quiero detenerte —dijo ella, acercándose con cautela—. Quiero que pienses.
Alexandro la miró con incredulidad, su pecho subiendo y baja