Vanessa apenas podía caminar recto.
Sofía y Mariana la sostenían entre risas mientras ella cantaba cualquier canción que sonara en su cabeza. Habían terminado en otro bar, lejos de los ojos de Alexandro, y ahora estaban pagando las consecuencias.
—Dios mío, está peor de lo que pensé —murmuró Mariana cuando la dejaron en la casa.
Alexandro ya estaba ahí. Esperándola.
Y apenas la vio, su ceño fruncido desapareció.
Porque Vanessa borracha era adorable.
—¿A quién tenemos aquí? —murmuró él, apoyándo