La tormenta afuera golpeaba con fuerza contra las ventanas, pero dentro de la casa, la verdadera tormenta estaba en la sala.
—¡No, Nico, suéltalo! —Vanessa corrió tras el perro, que había robado una de sus telas y la sacudía como si fuera su juguete favorito.
Alexandro, aún con la camisa a medio abrochar tras la sesión de medidas, se apoyó en el marco de la puerta con los brazos cruzados, disfrutando del caos con una sonrisa arrogante.
—Bueno, técnicamente, es un modelo en movimiento —comentó,