Alexandro Montenegro no era un hombre que se dejara afectar fácilmente. Había aprendido desde pequeño a controlar sus emociones, a pensar antes de actuar, a no dejar que nada ni nadie lo desestabilizara.
Y sin embargo…
Ahí estaba.
De pie en la puerta de la habitación de Vanessa, mirándola despertar con su perro dormido encima.
¿Cómo demonios había llegado a esto?
Él, el hombre que controlaba cada aspecto de su vida con precisión quirúrgica, ahora vivía con una mujer que revolvía todo su mundo c