Damian le había enviado un mensaje de texto hacía media hora que seguía brillando en la pantalla como una provocación:
«¿A qué hora mañana?»
Adeline respondió con una sola frase cargada de un desdén absoluto, sin filtros ni cortesías: —Vete a la m****a.
Luego, dejó el teléfono con un golpe seco, abrió su computadora portátil y trató de concentrarse en un pequeño problema técnico que había surgido en la obra del Monte Ardwood esa tarde. Pero la mente le jugaba sucio. Inconscientemente, su mano