Aysel no podía moverse, la flecha además de herirlo y causarle un gran dolor que lo hacía sudar frío, lo había paralizado. Naiara había caído de rodillas frente a él, la sintió poner las manos en su rostro y sus ojos anegados por las lágrimas, luego cayó recostado sobre la hierba. No podía parpadear ni cerrar los ojos, no podía mover ni un solo músculo, solo podía respirar, ver y oír. Y vio como apresaban a Naiara.
- Te tengo sacerdotisa – la voz de un hombre junto a Naiara – ahora, co