Capítulo dos

El auto se detuvo en el gran edificio donde tenía mi entrevista. Me bajé de él y ya dentro del edificio conseguí un ascensor que me llevaría a la planta que me correspondía, pulsé el botón de la planta doce, estaba tan nerviosa que de vez en cuando miraba la hora, hasta los segundos podían llegar a parecer unos minutos interminables. Se abrió el ascensor después de unos intensos  segundos justo cuando daban las nueve en punto, deseé que no fueran demasiado dura conmigo. Me encontré con una recepcionista que estaba en su puesto observando la computadora.

—Buenos días señorita —me saludó ella al verme —¿puedo ayudarla en algo?

—Tengo una entrevista ahora y me gustaría saber si puedo...

—Llegas tarde —escuché una voz y me giré para ver a una pelirroja que se estaba acercando hacia mí, rondaba los treinta y tantos, pero se conservan bien — tu entrevista era a las nueve en punto y si no me equivoco, ahora son ya las nueve y cuatro minutos. Si no eres capaz de ser puntual a una entrevista tan crucial por la que cualquiera daría su vida por conseguir, dime cómo podrás serlo cuando consigas el trabajo.

—Lo siento mucho, señorita, he tenido un día...

—No creo que debas molestarte en contarme tu vida, se acabó tu oportunidad y perdiste el puesto. —se dio la vuelta —Creo que el jefe estará de acuerdo conmigo. — y así como apareció, desapareció.

Sentí que se me venía el mundo encima, había perdido el empleo. Todo por lo que había luchado por conseguir ese empleo había sido en vano, se me hizo un nudo en la garganta.

—Lo siento, —escuché que decía la secretaria —ella es siempre así de amargada. Y por cierto, me gusta tu chaquetilla —dijo con una amplia sonrisa.

La miré escéptica y me controlé por no decir nada ofensivo. Salí de allí y corrí apresuradamente al ascensor, no podía permitir que me vieran llorar. Una vez dentro las lágrimas resbalaron por mis mejillas, pulsé el botón de la planta baja y me apoyé contra la pared. No tenía idea de qué iba a hacer a parte de seguir viviendo con mi hermana y mi insoportable cuñado, ser niñera era mi mayor deseo, escogí esta profesión a cualquier otra porque la amaba y por primera vez que podía ejercer, me salían con esas. Cuando me encontraba ya en la cuarta planta se detuvo el ascensor y se abrió. Iba a secarme las lágrimas pero de pronto apareció ante mí la persona que menos me esperaba encontrar, era el hombre guapo, atractivo y elegante que conocí en la mañana, llevaba las manos metidos en los bolsillos. Me miró sorprendido y yo bajé la mirada para evitar que me viera llorar, pero era ya demasiado tarde. Se acercó a mí mientras se cerraba la puerta del ascensor. Sacó del bolsillo de su chaqueta un pañuelo blanco y extendió su mano para secarme las lágrimas, me asusté.

—Sólo voy a secarte. —lo miré a los ojos, era bastante raro ¿es que creía que lo que hacía era normal? Lo dejé continuar aunque me ponía nerviosa —Supongo que no has conseguido el trabajo. —Eso no era una pregunta, negué con la cabeza — ¿Estás segura de haberlo conseguido si hubieras llegado a tiempo?

—Por supuesto — me defendí, él se detuvo.

—Entonces, ¿me dejaría sus documentos? —no dudé en entregárselo y me entregó el pañuelo a cambio, ni se molestó en abrirlo —Yo me encargaré del resto.

—Pero no quiero que piensen que...

—Si crees que te mereces el puesto no deberías preocuparte por lo que crean los demás ¿no crees?

Me quedé sin palabras tal vez porque supe que tenía toda la razón.

—Me gustaría devolverle todo este conjunto que he recibido. —me estaba refiriendo a la ropa y lo demás. —No creo que vaya a necesitarlo más.

—Ahora es todo suyo. —se abrió la puerta y debía salir. —Recibirá una llamada. —Me bajé del ascensor y le eché un último vistazo mientras se volvía a cerrar la puerta. Suspiré y miré el pañuelo, era tan suave, tenía bordado algo, lo extendí y eran las iniciales A.L de Alex Laurent, era el dueño de la gran compañía y ni cuenta me había dado, pero daba igual, si conseguía el empleo no volvería a verlo.

Pillé un taxi y le pedí al conductor que me llevara a la dirección donde sabía que encontraría a mi hermana. Ella se encargaba de las decoraciones de los lugares en los que se iba a realizar algún evento y se le daba muy bien, eso podía reconocerlo.

Aparcamos frente a un chalet precioso con un gran campo donde había gente decorando de un lado a otro, le pagué al taxista y me bajé del coche intentando mantenerme sobre los tacones altos que me habían regalado. Pregunté por mi hermana y me indicaron dónde podía encontrarla. La busqué hasta encontrarla. Estaba dándole instrucciones a otros sobre cómo se tenían que hacer las cosas. Me acerqué a ella y parecía que no se había percatado de mi presencia.

—Maura. —la llamé. Se giró a verme desde los pies hasta la cabeza y desde entonces se dio cuenta de que era yo y se sorprendió.

—¿Freya? 

—Sí, la misma que se despidió de ti hace solo una hora.

—Pero cómo...—vio mi bolso y pegó un grito llevándose las manos a la boca- ¿Eso es lo que creo? —asentí — Es el nuevo modelo y cuesta una fortuna.

—Es todo tuyo —se lo ofrecí. Lo tomó con tanto cuidado como evitando que se estropeara.

—Gracias, te quiero.

—No todos los días se escuchan esas frases. —dibujé una sonrisa, me encantaba verla ponerse así.

—Los zapatos, el vestido, la chaquetilla...Dios, es todo precioso.

—No querrás que me desnude aquí ante todos ¿verdad?

—¿Es que piensas entregármelo todo? —asentí con la cabeza y Maura me dio un fuerte abrazo, feliz. Se separó y se acercó un poquito a mí para evitar que la escucharan. —Dime hermanita, ¿no tendrás por allí un novio millonario? Porque dudo que te hayas robado todo eso, pero sabes que si fuera así te cubriría. 

—No es nada de eso. 

—Ah, entonces cuéntame, soy toda oídos.

Era mi hermana y podía contárselo todo. Nos sentamos en una de las sillas allí colocadas y le conté cada detalle de lo que me sucedió desde que salí de casa aquella mañana, me escuchaba absorta y no podía creérselo, no podía culparla, a mí me pasaba lo mismo.

—Hasta yo me he enamorado de él. — dijo ella después de que le conté todo. —Tienes que volver a verlo, es perfecto.

—No me digas, ¿y qué le digo?

—Nos inventamos cualquier excusa. Él es perfecto para ti.

—¿Pero qué dices? No lo conozco y además es bastante raro.

—Pero guapísimo, eso lo has dicho tú. —sonreí. —Si al menos hubieras solicitado empleo como secretaria o administradora o lo que fuera en esa compañía ahora estaríamos hablando de otra cosa.

—Pero deseo ser niñera y lo sabes, no podría cambiarlo por nada sin al menos intentarlo. —ella suspiró derrotada, no había nada que se pudiera hacer, esperaría la llamada y comenzaría a trabajar donde fuera que me enviaran, con tal de tener un niño esperando por mí.


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