Marcela
Nunca fui una mujer impulsiva. Esa había sido siempre mi ventaja.
Mientras otras reaccionaban con escenas, con reproches o con lágrimas, yo aprendí temprano que el verdadero control no se ejerce levantando la voz, sino esperando el momento exacto para hablar. O para actuar. Por eso, cuando desperté y la habitación pegada a la mía estaba vacía, no sentí pánico. Pero sí me puso en alerta.
Guillermo no estaba.
El reloj marcaba poco después de las seis de la mañana. La habitación seguía en