A María se le dilataron al instante las pupilas cuando le vio a punto de apretar el gatillo y entonces sintió el verdadero terror que emanaba de ese feroz hombre.
—No... no puedes matarme, José... ¡No puedes matarme!
Ni leopardos, tigres ni chacales podrían salir con vida si entraban en aquella prisión.
Entonces, alguien en ese momento tocó a la puerta.
—Señor, ocurrió algo horrible, la señorita Vázquez no está bien.
José le dio unas suaves palmaditas en la cara y le dijo con una sonrisa malvad