María se limpió las lágrimas de los ojos con expresión algo indiferente. El delineador ya se le había terminado de correr, dejando su maquillaje hecho un desastre.
—En una hora, el dinero llegará a tu cuenta —le dijo al hombre.
—De acuerdo, señora.
María tomó la memoria USB que le ofrecían y se marchó de la oficina.
En la planta baja, Shirley miraba con gran adulación el auto de Andrés alejarse, gritando en voz muy alta:
—Presidente, ¡buen traje!
Álvaro la miró de reojo con desprecio, mientras e