—¿Desde cuándo tienes el derecho suficiente de meterte en mis decisiones? —habló el hombre con voz siniestra, sin pizca de calidez.
El rostro de María se transformó en ese instante. Su rostro maquillado se veía demacrado por el sudor y sus labios, pintados de rojo intenso, hacían que su expresión pareciera extremadamente horrible y feroz. Sus ojos, llenos de celos e ira, miraban fijamente al hombre que tenía enfrente.
En ese momento, Álvaro se le acercó a Andrés y le informó:
—Ella ha llegado.