La nieve que suavemente caía era igual a cuando Gabriel había ido a París a buscarla. Aquel día, estaba sentado en el banco de madera donde ella solía sentarse, los copos caían delicadamente sobre sus hombros, cubriéndolo en una tenue luz plateada, sacudió la nieve de sus hombros. Se quedó ahí inmóvil esperándola, por mucho, mucho tiempo...
—Vaya, señorita, ¿por qué estás llorando?
Emma, que acababa de entrar, vio a Luna sentada en el suelo. Al principio creía que ella solo se sumió en sus pensa