—Gracias —dijo una vez más.
Luna caminó hacia ella. El guardaespaldas bajó el brazo con el que le cortaba el paso y, en cuanto Nadia se acercó corriendo, le dio a Luna un abrazo tan fuerte que retrocedió un par de pasos para evitar caerse al suelo.
Nadia se acurrucó en su hombro y lloró a voz en grito:
—¡Han pasado muchísimos años, desapareciste sin dejar rastro! Ni siquiera me llamaste, ¿sabes... que estuve a punto de morir?
Esa frase no fue una broma de Nadia. Luna se dio cuenta de que en su c