Cuando Leonardo acudió al pabellón, el hombre ya se había despertado. Con el ceño fruncido, se cubrió con dolor el pecho, respirando agitadamente.
—Podrías salir de aquí —le dijo Leonardo a la enfermera.
—De acuerdo —dijo la enfermera.
El hombre en la cama habló con voz apagada:
—No te preocupes, es solamente una vieja dolencia.
Leonardo le acomodó una almohada detrás de la espalda. Hans le preguntó:
¿Has despertado?
La mirada de Leonardo se enfrió por un instante:
—Era solo cuestión de tiempo q