Luna lo miró fijamente, sumida por completo en sus pensamientos. Hasta que salió de la dulce mirada de Andrés y se sentó muy cómoda en la cama, recostándose en ella. Se secó las lágrimas con la mano y le respondió a Andrés:
—No, solo tengo un poco de molestia en los ojos.
Sus ojos húmedos se llenaron de grandes brillos ondulantes. Andrés echó un ligero vistazo a las marcas en su cuello y le preguntó:
—Cada vez que mientes, no te atreves a mirarme directo a los ojos, ¿verdad? Luna... ¿me temes ta